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183. Lunes, 22 Septiembre, 2003



Capítulo Centésimo octogésimo tercero: ¿Se puede soñar que uno está durmiendo. Y en caso afirmativo, ¿se puede soñar en el sueño que tenemos cuando soñamos que dormimos?


Otra vez lunes, hay que tomárselo con calma, con mucha calma, nada de coger un papel hasta, por lo menos, el miércoles que viene, nada de contestar el teléfono hasta el jueves. Despacio, todo muy despacio, hay que ser comedidos, que, aunque nos han vendido la pereza como un pecado capital, -si no sufres no estás bien visto- hay que empezar a reivindicar el buen nombre de los vagos, al fin y al cabo los verdaderos impulsores del actual avance de la humanidad.



¿Qué hay de malo en descansar todo lo posible permitiendo a los que verdaderamente valen que terminen el trabajo sin causarles molestias, aunque solo sea porque se ha aburrido de esperar a que tú lo hagas? ¿Qué hay de malo en no dar siempre el 100%, si con el 50% es suficiente y además, te permite estar descansado?



Durante la carrera tuve un profesor que siempre decía que hacer las cosas deprisa era totalmente incompatible con hacerlas bien, que para ser responsables uno se tenía que fijar, si lo hacías rápido no podías fijarte en esos pequeños, pero importantes detalles. Y cada vez que nos soltaba el discurso ponía de ejemplo la misma historia:



Un profesor de Anatomía Patológica da a sus estudiantes la primera clase sobre autopsias:



"- Para hacer bien una autopsia hay dos cosas básicas: primero, no tener repugnancia".



Dicho eso, el profesor mete un dedo en el ano del muerto y luego lo chupa.



A continuación pide a sus alumnos que hagan lo mismo. Tras un silencio temeroso, comienzan a obedecer. Al final el profesor prosigue:



"- El segundo elemento es ser muy observador. Yo metí el dedo anular, pero me chupe el índice."



Las prisas son malas, muy malas. Y los lunes más.