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  449. Viernes, 10 Diciembre, 2004

 
Capítulo Cuadringentésimo cuadragésimo noveno: "Vivimos con nuestros defectos igual que con nuestros olores corporales; no los percibimos; no molestan sino a quienes están con nosotros" (Marquesa de Lambert, escritora, 1647-1733)

A ver, aviso, el de hoy es un post no apto para personas "sensibles", y eso a pesar de que trata de una de las pocas cosas que todos, absolutamente todos y sin ninguna excepción, producimos.

También es verdad que, para desgracia de los más lentos en conseguirlo, no todos con la misma frecuencia.

El 3-metil-indol es el compuesto que resulta de la degradación de la hemoglobina, el pigmento respiratorio de la sangre, y que entra en los intestinos a través de la vía biliar.

Este 3-metil-indol, que los biólogos llaman también "escatol", es la sustancia con el olor más desagradable que forma parte de la composición de las heces y que hace que estas huelan como huelen.

Pero todo en esta vida, hasta las cosas que en principio pueden parecer más repugnantes, tienen su sentido.

Resulta que, por muy escatológico que parezca, nuestra nariz se ha especializado en detectar el tufo del escatol como un mecanismo de defensa que alerta a nuestro organismo de la proximidad de excrementos, una vía potencial de enfermedades infecciosas de la que hay que alejarse.

De todas formas, no conviene rasgarse las vestiduras por hablar de estos temas, al fin y al cabo forman parte de nuestra vida diaria mucho más de lo que pensamos, (que ya sería mucho), y no me refiero a, por ejemplo, la sufrida gente de los laboratorios que andan trasteando todo el día entre muestras de este tipo sólo para que los demás tengamos mejor salud, sino a cosas mucho más "familiares".

Y es que, por ejemplo, el escatol, en pequeñas cantidades, es uno de las sustancias más empeladas en la industria alimentaría como "saborizante", sobre todo en los helados de vainilla.

Nunca mejor dicho eso de "mierda que no mata, engorda"

Hasta el lunes.