. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

  452. Miércoles, 15 Diciembre, 2004

 
Capítulo Cuadringentésimo quincuagésimo segundo: "Se puede aprender mucho sobre el amor en el cine... si no te distrae la película" Raquel, J. 17 años, estudiante)

Por mi edad y, sobre todo, por mis gustos, que no voy a descubrir aquí por aquello de evitar que me apedreen al grito de "asaltacunas", hace mucho tiempo que pasé a tener la consideración de "viejo verde".

Dicho finamente, un "viejo verde" no es más un hombre que conserva sus inclinaciones galantes a pesar de su edad avanzada, aunque como siempre hay quien está por la labor de destrozar el sentido poético de las cosas, he encontrado esta otra definición que, aunque un poco más cruel, tengo que reconocer que es mucho más realista:

"Viejo verde: aquel hombre que se muestra arrecho o cachondo cuando su físico se avendría acaso mejor con el comedimiento y la reflexión."

Como la vida misma.

Y vale, sí, claro, evidentemente para gustos se hicieron colores, pero hay algo que nadie puede rebatir; cuando "empiezas" con uno de dieciocho llegará un momento en que te cumpla los treinta (si te dura, claro), con lo que lógicamente lo habrás podido "catar" de yogurín y de talludito, pero si "empiezas" con uno que ya tenga los treinta, en muy pocos años o te pasas a la gerontofilia o lo vas a tener muy, pero que muy, crudo.