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  485. Miércoles, 9 Febrero, 2005

 
Capítulo Cuadringentésimo octogésimo quinto: El rostro de un hombre es su autobiografía. El rostro de una mujer es su obra de ficción." (Oscar Wilde, Escritor irlandés, 1854-1900).

Por un cálculo de probabilidades y alguna que otra conocida Ley de Murphy uno, a la hora de pagar en cualquier supermercado, se suele poner siempre en la cola que va a ir más despacio, algo que, no por conocido y hasta asumido, deja de fastidiar.

Como uno ya sabe esta contingencia, y, lógicamente, la experiencia es un grado, servidor suele elegir aquella desde donde pueda tener una visión lo más "adornada" posible.

Al menos, y ya que hay que esperar, que esta espera esté lo más amenizada posible.. aunque solo sea visualmente.

Al fin y al cabo las colas de los hiper son como los viajes en metro, uno de esos pocos sitios donde se puede desnudar descaradamente con la mirada al "macizo" de enfrente sin que el "macizo" de enfrente pueda decir nada.

El problema no es ese, al fin y al cabo uno está entretenido mientras avanza la cola, el problema viene justo cuando le toca pagar a la que va delante, una señora que se ha pasado los diez minutos de fila impertérrita mirando al infinito y con la mente en blanco

Es precisamente en ese momento en el que le toca pagar, cuando la buena mujer empieza a abrir pausadamente su bolso para sacar, con una total parsimonia, todo tipo de llaves, papeles, carnés, pañuelos o compresas... de todo menos lo que busca, consiguiendo no sólo poner nerviosos a todos los que estamos detrás, sino también que busquemos mentalmente en su bolso el objeto de su "deseo", aunque no sepamos si lo que busca es dinero, la tarjeta carrefour o el vale del tres por dos que venía en el "Pronto".

Igual que en la mayoría de los supermercados hay "cajas rápidas", digo yo que podrían poner alguna para este tipo de "obstructores" que por su descarada imprevisión, nos toca las narices a todos los demás, y encima de una forma tan descarada.