. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

  560. Martes, 7 junio, 2005

 
Capítulo Quingentésimo sexagésimo: "En el fondo, la inmoralidad es una cuestión de estética, porque los desnudos hermosos son decentísimos y los feos inmorales". (Adolfo Marsillach 1928-2002, escritor español)

Uno de los grandes inconvenientes del verano son, sin duda, las visitas inesperadas.

En invierno no hay problema. Un día cualquiera y si no tienes que salir, te das un baño de espuma, te colocas el pijama o el albornoz y ya estás completamente presentable para cualquier "acto social" imprevisto que pudiera o pudiese llamar al timbre; lo mismo da que sea dejarle azúcar a la del segundo, que abrirle dignamente la puerta a la mismísima Duquesa de Alba que apareciera sin avisar a tomar el te de las ocho.

En el verano la cosa cambia, aire acondicionado aparte, el calor hace que normalmente uno después del baño se quede en traje de Adán por la casa con el consiguiente peligro, especialmente en estos primeros días en los que aún no estamos muy familiarizados con el "uniforme de verano", de abrir la puerta, causando los correspondientes estragos, en mi caso transtornos de tipo digestivo (mayormente nauseas), en la inesperada visita.

No sé, pero me parece a mí que el próximo certificado lo tendré que ir a buscar a Correos en persona, y vestido.