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  570. Martes, 21 junio, 2005

 
Capítulo Quingentésimo septuagésimo: "El auténtico peligro no es que los ordenadores empiecen a pensar como hombres, sino que los hombres empiecen a pensar como ordenadores" (Sydney J. Harris, 1917-1986, periodista norteamericano)

Después de la bomba atómica y de los libros de autoayuda, el aire acondicionado es, sin duda, uno de los inventos más siniestros y maléficos salidos de una mente humana (sin duda perversa) en estos últimos lustros.

Y no por el aire acondicionado en sí, que uno es el primero que lo usa hasta el punto de ser un firme partidario de la beatificación (y por la vía rápida) de su inventor, Willis Carrier, sino por esa manía que tienen algunos de confundir el despacho, la oficina, el restaurante o la sala de espera del dentista, con la cámara frigorífica de un "matadero".

Comprendo que el problema es mío por no pertenecer a esa nueva hornada -moderna y agresiva- (que ahora me encuentro a cada paso) y que se diferencia del resto de los mortales, fundamentalmente (aparte de beber agua mineral con gas), en que siempre tienen calor.

Estén dónde estén, funcionando o no el aire acondicionado, sea verano o sea invierno, y marque la temperatura que marque el termómetro, parece que sólo saben pronunciar una frase: ".. qué calor hace aquí... ¿tú no tienes calor?"

Y claro uno, que lleva una hora con el "baile de San Vito" intentando que el chorrito del aire se reparta un poco y deje de dar siempre en la oreja derecha, que está ya en su punto óptimo de congelación -sabañones incluidos-, pues se muerde la lengua para no decir algo de lo que luego se tenga que arrepentir..

Al fin y al cabo nada condena más al desprestigio social que tener que ir al cine con abrigo en agosto.