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  600. Lunes 5 septiembre, 2005

 
Capítulo Sexcentésimo: "Una cosa es interesante porque pensamos en ella, no porque sea nueva" (Mark Haddon , 1962, escritor inglés)

Dos hombres, ambos seriamente enfermos, ocupaban la misma habitación de un triste hospital para pacientes desahuciados.

Uno de ellos, dentro de su gravedad, aún podía sentarse quince minutos cada mañana aprovechando el momento en el que le hacían la cama, una cama que estaba justo junto a la única ventana del cuarto.

El otro hombre, en cambio, debía permanecer todo el tiempo tendido sobre su costado y de cara a la pared.

Los dos llegaron a hacerse muy amigos, hablaban largas horas y cada mañana el hombre que podía sentarse, describía a su compañero de cuarto las cosas que podía ver a través de ella.

El hombre en la otra cama esperaba con ansiedad aquellos minutos diarios durante los cuales se deleitaba con los relatos de las actividades y colores del mundo exterior, era como si su mundo, reducido a la pared que obligatoriamente veía, se agrandara y reviviera.

Desde la ventana se divisaban unas hermosas montañas, personas paseando, jóvenes enamorados, flores de todos los colores adornando el paisaje, grandes y viejos árboles y, hasta en la distancia del horizonte, parecía adivinarse el mar.

Como el paciente de la ventana describía todo aquello con asombrosa precisión, el hombre de la otra cama podía cerrar sus ojos e imaginar tan añorados paisajes; hasta una cálida tarde de verano el hombre de la ventana le describió un circo que pasaba por allí, y a pesar de que el otro hombre no pudo escuchar ningún ruido, era capaz de ver todo en su mente, pues el caballero de la ventana le representaba todo con unas palabras tan descriptivas que parecía que él mismo lo estuviera viendo.

Un día, la enfermera descubrió el cuerpo sin vida del hombre de la ventana que había muerto tranquilamente en la noche mientras dormía, llamó a los celadores y sacaron el cuerpo. Tan pronto como creyó conveniente, el otro hombre preguntó si podía ser trasladado a la cama de la ventana.

La enfermera realizó el cambio y en cuanto se hubo trasladado, el enfermo, que apenas se podía mover, se intentó incorporar lenta y dolorosamente apoyándose en uno de sus codos. Quería tener su primera visión del mundo exterior desde aquella ventana que tantas veces le había hecho feliz.

Se estiró, lentamente giró su cabeza y miró a través de los cristales observando que lo único que se podía ver desde allí era un muro blanco. El hombre preguntó a la enfermera que pudo haber obligado a su compañero de cuarto a describir tantas cosas maravillosas a través de la ventana cuando lo único que podía haber visto era un simple muro.

La enfermera le contestó que ese hombre era ciego y que por ningún motivo podía haber visto nada, ni tan siquiera aquella pared.

La aflicción compartida disminuye la tristeza, pero cuando la alegría es compartida, se duplica.

Ya vamos por el seiscientos. Y lo que nos queda. ¿Verdad?


Gracias por estar ahí.