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618. Viernes, 30 septiembre, 2005

 
Capítulo Sexcentésimo decimoctavo: "Entre dos explicaciones, elige la más clara; entre dos formas, la más elemental; entre dos expresiones, la más breve". (Eugenio d' Ors, 1881-1954, escritor español)

Aparte de ginecólogo en el Vaticano, uno de los trabajos que siempre me había provocado más "envidia" era el muy especializado (en la "especialización" está el futuro) "escritor de diálogos de cine; sección: escenas de sexo".

Pues mi gozo en un pozo: los guionistas que trabajan en las secuencias lúbricas de las películas no sólo se lo "curran" -como cualquier otro hijo de vecino- sino que además, son buenos.

Aunque siempre hay excepciones (Gérard Damiano, el autor de "garganta profunda" jamás escribía los diálogos; prefería que los actores los improvisaran), he encontrado dos verdaderas joyas que demuestran lo "profundo" que uno tiene que ser para dedicarse a escribir sobre sexo... al menos más allá de un "oh dios" por el que ya no cobras ni un euro.

En "Desmontando a Harry"(1997) un escritor interpretado por Woody Allen confiesa sus paranoias y angustias existenciales a una prostituta de raza negra.
- El: "Tengo miedo, no tengo alma. ¿Me comprendes? ¿Tú sabes lo que es un agujero negro?"

- Ella: "Sí: con lo que me gano la vida".
¿Podría alguien con menos palabras describir "algo" mejor?

Más difícil todavía: primer fotograma en una película de 1926, argentina y muda; título: "La hora del té". Antes de empezar alguna imagen en movimiento aparece un cartelito explicando lo que va a suceder. El texto reza así:
"Era un jardín sonriente,
era una rubia caliente, sin igual;
y era un pobre jardinero
que no encontraba agujero
donde su nabo plantar".
Eso sí que es capacidad de síntesis abierta a la imaginación de lo que va a venir después y no la sinopsis de los "efectos secundarios" que trae el prospecto del "orfidal".

Con semejante competencia casi mejor me voy informando de lo del ginecólogo vaticano. Hasta el lunes.