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644. Jueves, 10 noviembre, 2005

 
Capítulo Sexcentésimo cuadragésimo cuarto: " Lo que me gusta del hombre es la inteligencia, el sentido del humor y un cuerpo fantástico. Pero si tiene un cuerpo fantástico puedo olvidar lo demás". (Madonna Louise Veronica Ciccone Fortín, 1958, cantante)

Que "orgía" y "romanticismo" pueden ser dos conceptos perfectamente compatibles (e incluso complementarios) es algo fácil de comprobar a lo largo de la historia.

Una cosa puede llevar a la otra. Así, en las bacanales romanas (igual que antes en las dionisíacas griegas) era normal (aparte de los habituales disfraces de sátiros, silenos o ninfas) que los hombres fueran vestidos de mujer y las mujeres de hombre. Unas fiestas en las que se bebía y se bailaba sin parar hasta alcanzar el éxtasis, momento en el que los unos se entregaban a los otros.

Lo normal, vamos.

Pero de aquellos "polvos" también salían sus correspondientes "lodos" y cuando los arqueólogos desenterraron Pompeya encontraron en las paredes de los sitios destinados al desenfreno carnal (suspiro de envidia), numerosas declaraciones de amor de habituales practicantes.

También hay que tener en cuenta que estamos hablando de "romanos", un pueblo que en cosas del "amor", tampoco estaba acostumbrado a poner muchos reparos. Solo hace falta ver la recomendación que hacía uno de sus poetas satíricos, Juvenal, para resolver tan imperiosa como fisiológica necesidad:
  "... si duerme el amante, se manda a cada una que lo despierte; si no lo encuentra, se recurre a los esclavos; si no aparecen esclavos, se paga un aguador; si no se encuentra éste y aún faltan hombres, no vacilar en echar mano de un asno".
Ahora tenía que decir yo eso de "normal, ante la jodienda no hay enminenda", mucho más descriptivo y español que la delicadeza romana, pero mejor lo dejamos, que uno se está reformando.