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  577. Jueves, 30 Junio, 2005

 
Capítulo Quingentésimo septuagésimo séptimo: "Si Dios hubiese querido que no nos masturbásemos, nos hubiera hecho los brazos más cortos" (George Carlin, 1937, actor estadounidense)

A mí siempre me la habían contado como una simple historia de buenos y malos.

Por un lado el virtuoso Sansón, verdadero héroe, terror de sus enemigos gracias a la fuerza sobrehumana que le proporcionaba su pelo.

Por otro lado su pérfida y traidora esposa, Dalila, cruel y despiadada mujer capaz de vender a su marido a los filisteos por unas cuantas monedas.

La historia acababa cuando Sansón, después de un buen rapado que le hace su señora mientras duerme y atado a las columnas del templo, saca fuerzas de no se sabe dónde (¿tendría pelo en sitios ocultos?), las derriba y muere aplastado. Él y un montón de filisteos más que en esos momentos celebraban el acontecimiento.

Un verdadero mártir el Sansón, vamos.

Pues la historia no es exactamente así. Como tantas veces, algún "alma" caritativa nos ha estado suavizando el final y dejándonos sin contar lo más interesante.

Resulta que el tal Sansón además de por el pelo, ha pasado a la historia como "el esclavo sexual más conocido del mundo" ya que una vez "rapado" por Dalila y capturado por los filisteos, fue obligado a inseminar a todas las mujeres en edad de merecer una y otra vez para producir lo que se pensaba que podría llegar a ser una raza de superhombres.

Lo más "divertido" de todo y que calladito se lo tenían.