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684. Miércoles, 18 enero, 2006

 
Capítulo Sexcentésimo octogésimo cuarto: " Dios hizo al hombre, y luego se dijo: "Puedo hacerlo mejor", e hizo la mujer". (Helen Rowland, 1876- 1950 escritora estadounidense)

La emperatriz Wu Hu de la dinastía Tiang de la china del siglo V, consideraba que las felaciones degradaban a las mujeres.

Naturalmente, y consecuente con la defensa de esa dignidad, una de las primeras cosas que mandó prohibir cuando llegó al poder fue la, por entonces muy extendida práctica entre sus súbditos, de realizarlas.

Algo que obedecía única y exclusivamente a criterios de Estado y no como se rumoreó por ahí, con la repugnancia que la susodicha emperatriz sentía hacia ese tipo de prácticas.

Pero no contenta con la prohibición y siempre dispuesta a sacrificarse por su pueblo, Wu Hu promulgó otra ley por la que todo noble que visitara la corte debía, obligatoriamente, realizarle a ella un cunilingus.

Un necesario tributo que, a pesar de lo que otra vez se rumoreó por ahí, obedecía única y exclusivamente a criterios de Estado y nada tenía que ver con la desmedida afición de la emperatriz por tan húmeda práctica. Es más, varias obras antiguas muestran a la pobre consagrada en plena faena con algún noble mientras sus fieles lacayos sostienen sus paños menores.

Sacrificándose por sus súbditos en un claro ejemplo de discriminación positiva. Como debe ser.