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818. Miércoles, 13 septiembre, 2006

 
Capítulo Octingentésimo decimoctavo: "Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee" (Miguel de Unamuno, 1864-1936, filósofo y escritor español.)

Insultar es un arte que requiere mucha precisión, cierto grado de creatividad y, sobre todo, una facilidad de improvisación que no siempre nos aparece en el momento oportuno. ¿Cuántas veces nos hemos quedado en blanco a la hora de elegir el insulto más adecuado que pusiera en su lugar al coñazo de turno?

Además, con esto de la globalización y el mestizaje empieza a aparecer un problema añadido a la hora de insultar: que el receptor del insulto no nos entienda. Y claro, si el insultado no sabe que le estamos insultando pues apaga y vámonos.

Uno, en su ignorancia, siempre pensó que para estos casos lo más práctico, rápido y sobre todo universal, era enseñarle al interfecto el dedo corazón -el digitus infamis que dicen los entendidos- un gesto que, bien acompañado por la correspondiente cara de perro, dejaba más o menos claro -y hasta con un toque elegante-, lo que en ese momento le deseabas al interesado.

Estaba en un error. Según la revista que ando leyendo, tan refinada manera de insultar a alguien tiene de universal lo que yo de hetero. Resulta que el gesto que otros usan para decir lo mismo (y que, por tanto, será el que entiendan al recibirlo) es muy diferente según países o culturas:


Vamos que le enseñas el dedito corazón al palizas de turno para que sepa que te estás acordando de toda su familia y te puede acabar dando las gracias pensando que te estás refiriendo a su buena potencia sexual. Mejor saber idiomas antes de hablarlos.