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883. Martes, 19 diciembre, 2006

 
Capítulo Octingentésimo octogésimo tercero: "Mis consejos gustan tanto que las gente los enmarca y los cuelga en la pared en lugar de seguirlos" (Gordon Rupert Dickson, 1923- 2001, escritor canadiense)

Isadora Duncan (1878-1927), bailarina estadounidense, murió al fracturarse las vértebras cervicales tras engancharse su echarpe (una especie de chal) en las ruedas traseras del coche en el que viajaba.

Cuenta la tradición que el cuentista griego Esquilo murió golpeado por una tortuga que se desprendió de las garras de un águila cuando pasaba justo sobre él.

Un rey, Enrique I de Castilla (1204-1217), murió de una pedrada cuando jugaba con unos amigos. Y otro, Felipe I el Hermoso (1478-1506) murió en Burgos al beber agua fría sofocado tras disputar un partido de pelota.

Allan Pinkerton (1819-1884), fundador de una de las primeras y más famosas agencias norteamericanas de detectives (a la que puso su nombre) murió tras morderse la lengua en un traspiés y contraer gangrena.

Pero para muerte tonta la del novelista inglés Arnold Bennet (1867-1931). Tratando de demostrar al los habitantes de París que el agua que bebían no era la causa de una epidemia de tifus que se estaba extendiendo por la ciudad, bebió públicamente un vaso lleno. Murió de tifus a los pocos días.

No somos nadie.