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954. Martes, 17 abril, 2007

 
Capítulo Noningentésimo quincuagésimo cuarto: "La nostalgia ya no es lo que era" (Peter de Vries, 1910-1993, editor y novelista estadounidense)

En un día en el que dan ganas de pegarle al mundo una buena patada en el culo (por más que "locos pegando tiros" haya habido toda la vida no deja de impresionar desayunarse con que alguien lo haya hecho otra vez), hoy voy deprisa y de prestado.

Aunque si quisiera describir mi situación anímica de hoy mismo, poco tendría que ver con los zumbados varios que se desfogan a golpe de pistola y mucho con lo que dice este viejo texto.

"Las palabras del especialista sonaron tremebundas a mis oídos: "está muerto". Momentos antes se le veía rebosante de vida, igual que el día que entró en mi casa y nuestras vidas comenzaron a marchar en paralelo. "¿Y no se puede intentar reanimarle", pregunté. "Sólo una resurrección podría devolverle la vida", contestó el especialista, llamado con urgencia aquella tarde.

Tan lleno de color hasta entonces, se había apagado en unos instantes, después de un breve parpadeo. "Era muy viejo". Contesté que sólo tenía siete años, que había entrado en mi casa en 2000, y el que acababa de certificar la defunción sentenció seguro: "es que siete años de vida son muchos para un ordenador". Tanta exquisitez nipona, tanta electrónica prodigiosa de la factoría Bill Gates y un ordenador tiene menos años de vida que un gato.

Y de viva voz, el forense de la electrónica extendió el acta de defunción. Se le había estropeado el disco duro, que es como el corazón de los ordenadores. La muerte había sido fulminante.

Se le coge cariño a un ordenador que nos ha prestado grandes servicios y que, por amor, ha corregido nuestras faltas ortográficas. No sabemos valorarlo cuando está vivo y responde fielmente a nuestras órdenes. Apreciamos que nos unía un sentimiento afectivo cuando está muerto y la pantalla aparece inexpresiva.

Son muchas las horas de vida en común. Más, algunos días, que con la mujer, especialmente cuando el usuario es navegante por Internet. Es posible, incluso, que alguna mujer haya a llegado a sentir celos del artilugio: "¡Manolo, deja ya el ordenador y vente a la cama!". Lo cuidaba con mimo y hasta le cambié la impresora porque la que tenía al lado; tan ruidos, tenía que molestarle. Hemos intimado y así quizá haya conocido muchos detalles de nuestra vida que hasta las personas más allegadas a nosotros desconocen. Pero no hablará. Con fidelidad encomiable los ordenadores se van a la tumba con los secretos de los usuarios. Todo lo que guardaba es irrecuperables. No me duele la muerte del ordenador por algún texto que estaba archivado y del que no tengo copia. Me pesa porque no podré seguir gozando de su compañía. Me temo que con otro no sería lo mismo. Por lo menos, lo extrañaría en los primeros días.

De ahí que vaya a intentar resucitarle. Dicen que se puede recurrír a un transplante de disco duro. Resulta caro y el resultado es incierto. Estas situaciones se han de afrontar con optimismo, con la esperanza de que no se producirá un rechazo. Si hay seres humanos que viven con un corazón que no es el que les dio la madre naturaleza, ¿por qué no ha vivir un ordenador con un disco duro transplantado?"

Yo prefiero enterrarlo con todos los honores y pasar del transplante. No quiero que él sufra más. Y, sobre todo, que me haga sufrir a mi. Descanse en paz.