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987. Miércoles, 6 junio, 2007

 
Capítulo Noningentésimo octogésimo séptimo: "Las palabras son los clavos para fijar las ideas" (A. Godin, 1880-1938, escritor francés)

Ya me lo habían contado en el colegio. Ahora un libro me lo ha confirmado: Escupir, aunque sea una necesidad fisiológica, no es elegante.

Su autora, Lady Chelsa, directora de la prestigiosa escuela Glenlivet masculina de etiqueta y buenos modales, lo tiene claro: "a las mujeres les gustan los hombres bien vestidos, sofisticados y elegantes".

Refinémonos pues.

"No hay que abstenerse de escupir y es feo tragarse lo que debe ser escupido, lo cual puede causar asco.

No hay que tomar la costumbre, sin embargo, de escupir con demasiada frecuencia y sin necesidad, lo que no sólo es muy descortés sino que además repugna e incomoda a todo el mundo. Hay que procurar que esta necesidad ocurra raras veces cuando se está en compañía, especialmente cuando se está con personas a las que se debe respeto.

Cuando se está con personas de calidad o en locales mantenidos limpios, hay que escupir en el propio pañuelo, volviéndose un poco de lado.

Convendría por educación, que cada uno se acostumbrase a escupir en el propio pañuelo cuando se está en casa de personas importantes y en todo local que esté encerado o con parquet, pero es mucho más necesario estando en la iglesia. El respeto debido a estos lugares consagrados a Dios y destinados a darle el culto que se le debe, pide que se conserven bien limpios y en honor, incluido el pavimento sobre el que se anda: sin embargo sucede que no hay suelo de cocina e incluso de establo que esté más sucio que el de la iglesia, a pesar de ser la morada y la casa de Dios sobre la tierra.

Después de haber escupido en el pañuelo hay que plegarlo enseguida sin mirarlo, y meterlo en el bolsillo.

Es muy descortés escupir por la ventana, o en el fuego, o sobre los tizones, contra la chimenea, contra el muro o en cualquier otro lugar en el que no se pueda pisar el esputo. También es de mala educación escupir delante de sí en presencia de otros, de modo que se vea uno obligado a ir a buscar el esputo para pisarlo.

Hay que poner mucho cuidado para no escupir sobre los propios vestidos, ni sobre los de los demás: el hacerlo denota una persona sucia o poco cauta.

Existe un defecto no menos considerable y del que debe uno guardarse bien, y es, al hablar, echar saliva sobre la cara de aquellos con quienes se habla; es muy descortés y sumamente incómodo.

Cuando se ve en el suelo un salivazo grande hay que poner enseguida con destreza el pie encima; si se ve sobre el vestido de alguien, no es cortés el decírselo, pero hay que avisar a algún criado que vaya a quitárselo y, si no los hay, debe quitarlo uno mismo sin que nadie se dé cuenta, pues la urbanidad consiste en no mostrar nada referente a quienquiera que sea, que pueda ocasionarle molestia o producirle confusión
".
¡Tantas cosas por aprender y tan poco tiempo!