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1011. Martes, 14 agosto, 2007

 
Capítulo Milésimo undécimo: "Un cuadro de un museo es, posiblemente, el que tiene que escuchar más tonterías en todo el mundo" (Edmond de Goncourt,1822-1896, escritor francés)

He perdido la cuenta de las horas de avión que me he metido entre culo y espalda este último mes. El caso es que hasta la última etapa del viaje todo fue más o menos normal: largas esperas en aeropuertos de todos los tamaños y condiciones, pitidos una vez sí y otra también en todos los arcos de seguridad por los que te obligaban a pasar (hasta que te acabas descalzando y te das cuenta que llevar puntera de metal en unas botas que son para el frío te convierte en un terrorista armado y peligroso), azafatas clónicas con una sonrisa tan ancha como artificial, pasajeros que -desafiando las leyes físicas más elementales- se empeñan en meter en la cabinas maletas que bien podían contener con holgura un muerto, los habituales juegos de las adivinanzas que siempre se ponen en marcha entre los compañeros de fila intentando adivinar si aquello blanco que sobresale del engrudo, que pretenden hacer pasar por "comida", es pan gomoso o sólo un macarrón recalentado con un trozo de plástico pegado, y -¡como no!- la eterna lucha con los botoncitos que reclinan el asiento, unos botoncitos que -por alguna extraña ley cósmica- siempre le funcionan al de delante pero nunca funcionan en la butaca que te toca.

Vamos, lo normal. Lo normal en todos lo vuelos menos en el último. Los alfajores - invento argentino del diablo de todos los tamaños, tipos, condiciones, y sabores inimaginables- que un servidor comió -en cantidades industriales- todos y cada uno de los días que estuvo por aquellas tierras, no tuvieron otra ocurrencia que pasar la factura a lo largo y ancho de las trece horas del viaje de vuelta.

No quisiera yo entra en más detalles, pero si que me estoy arrepintiendo de no haber pensado con más rapidez, sobre todo después de leer que una lata firmada por el artista Piero Manzoni (el señor de la foto) acaba de alcanzar en una subasta la cifra récord de 124.000 euros. Resulta que, ya en vida, el italiano "enlató" más de 2.700 gramos de deposiciones "frescamente conservadas" -tal y como reza la etiqueta- y bautizo su olorosa obra con el título de "Mierda de artista". Su serie de 90 latas de conserva de 90 gramos cada una con excrementos de artistas conservados se vendía al peso según la cotización diaria del oro. Piero Manzoni murió dos años más tarde, en febrero de 1963, sin llegar a los 30 años.

Y si semejante obra sigue hoy por hoy revalorizándose, me imagino el éxito que podría tener una colección que fuera algo así como "Mierda de Artista a 11.000 metros". ¡Mira que dejar escapar semejante oportunidad! ¡Sería por material!

Hasta el jueves que mañana es fiesta (oooooooooolé).