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1013. Viernes, 17 agosto, 2007

 
Capítulo Milésimo decimotercero: " El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien, sino en el deseo de dormir junto a alguien" (Milan Kundera, 1929, novelista checo)

Pocas cosas deben de ser más parecidas a la sensación que debió de tener La Cenicienta -cuando al darle las doce se le esfumó la magia de la que había estado disfrutando toda la noche- que la que tenemos los hombres al eyacular. Es justo el momento en el que descubres que el impresionante príncipe al que creías estar montando(¿o era una carroza lo que montaba esta chica?... no me acuerdo bien...) se ha convertido, gracias al castigo divino del periodo refractario, en una insulsa y desganada calabaza.

Por eso, cualquier teoría que explique cómo poder sobrevivir algún minuto más al crítico momento en que se rompe la susodicha magia, siempre será bienvenida.

No sé donde leí que la capacidad multiorgásmica del hombre -varón, sexo masculino- es igual que una película sueca: rara y difícil de entender. Difícil y rara es posible, pero igual que las películas suecas existir, existe.

Posiblemente el principal problema consiste en que la mayoría asociamos orgasmo con eyaculación. Casi todos sabemos que una cosa suele llevar a la otra, y todos hemos comprobado que tras la eyaculación se experimenta un periodo refractario, (que puede durar, según la persona, desde algunos minutos a algunas horas), en las que poco o nada se puede hacer por más viagra o cialis que uno se chute.

Pero la trampa está en saber que para experimentar un orgasmo no hace falta ponerlo todo perdido; vamos que se puede llegar al orgasmo sin tener obligatoriamente que eyacular. No es fácil, requiere práctica, maña y algo de paciencia, pero se puede acabar consiguiendo.

Un truco que suele funcionar (peluche práctico se pone en funcionamiento) consiste en estimular al hombre hasta llevarle al umbral del orgasmo y, cuando parezca que aquello está a punto de estallar, presionar con los dedos índice y pulgar los testículos. Si este movimiento va acompañado de una respiración profunda del apretado, y la presión ejercida es simplemente presión (y no una masacre en toda regla que la zona es delicada de cojones -nunca mejor dicho-) los resultados suelen ser asombrosos: uno orgasmea a gusto y con la posibilidad cierta de seguir la fiesta hasta una nueva oleada.

Eso sí, tampoco conviene abusar y en algún momento es conveniente dejar que la naturaleza siga su curso y acabe por fluir todo aquel material genético que uno ha ido fabricándose. Y por cierto, hablando de eyaculación, algún día podríamos contar como fabrican el semen de las películas porno mezclando clara de huevo y leche condensada (los muy golosos). Pero eso es otra historia.

Hasta el lunes.