. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

1022. Jueves, 30 agosto, 2007

 
Capítulo Milésimo vigésimo segundo: "Prefiero los errores del entusiasmo a la indiferencia de la sabiduría." (Jacques Anatole François Thibault, 1844-1924, novelista francés)

Me gusta el desorden. Al fin y al cabo tiene su lógica: ¿por qué colocar algo en su sitio si dentro de un rato lo vas a volver a descolocar? ¿Si ya trabajar es malo, por qué esa manía de querer hacerlo dos veces?

Aunque (ahora que no nos oye nadie) me da en las narices que semejante afición no es más que una disculpa (y muy traída por los pelos) para poder ejercer sin muchos remordimientos una de las pocas características que un servidor ya traía de serie: ser vago.

El caso es que como "vivir con" y "convivir" no es exactamente lo mismo, mi desorden crónico me provoca alguna que otra bronca doméstica.

Me conozco desde que nací y sé, aunque no sea bueno reconocerlo nunca, que el culpable soy yo. Pero, haciendo de la necesidad virtud que dicen en mi pueblo, he conseguido sacarle partido al asunto: cuando quiero algo basta con intentar un pacto en el que siempre puedo ofrecer lo que otros -tan perfectamente ordenados ellos- no podrían: ser un poco más ordenado. O lo que es lo mismo, sacar beneficio de algo que debería ser completamente normal.

Moraleja, cuanto más perfecto es uno menos fuerza tiene para negociar, y por lo tanto menos cosas puedes conseguir. Hay lecciones que deberían ser materias obligatorias en todos los colegios.