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1091. Miércoles 12 diciembre, 2007

 
Capítulo Milésimo nonagésimo primero: "Hijo menos mal que alguien ha querido cargar contigo... No seas impuntual no vaya a ser que se arrepienta". (Alfredo H., 60 años; el padre)

Aunque, por mi rechazo visceral a tan sagrada institución pudiera parecer imposible, sí que hay algo que me resulta más ridículo que casarse: la ceremonia de la boda.

Y es que, igual que ocurre con las comuniones, la cosa empieza a parecer un chiste. De aquellos modestos convites donde la estrella era un bollo maimón seco y dos tamborileros que durante aquel día cambiaban el establo y las vacas por las dulzainas (uno es mayor -muy mayor- y de provincias), hemos pasado a bodas xxl en las que se hace imprescindible la "originalidad", aunque sea a costa de sentar en la mesa de los novios a un elefante rosa capaz de hacer malabarismos con la trompa mientras barrita la última canción de Bisbal, y la "elegancia", aunque ello signifique un menú de diez platos (imprescindibles las lengüecitas de canario maceradas en licor de bellota al aroma de langosta) acompañados de otros diez tipos de música: un cuarteto de cuerda para el aperitivo, un Pachelbel suavecito para los entrantes, música de ascensor para los primeros platos, new age para los segundos, mariachis para los terceros, flamenquito para los postres, los inevitables tunos para cortar la tarta, un vals para abrir el baile, la música chonchi para que los más achispados puedan hacer la conga y las forzosas canciones de los sesenta, única pero imprescindible concesión al suegro de la novia, que para eso lo paga todo.

¡Vivan los novios!

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