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1092. Jueves, 13 diciembre, 2007

 
Capítulo Milésimo nonagésimo segundo: "El que algo sea cierto no significa que sea convincente, ni en la vida ni en el arte" (Truman Capote, 1924-1984; escritor estadounidense)

Digan lo que digan los diversos gremios, asociaciones, entidades, instituciones, corporaciones, consejerías, institutos, fundaciones, patronatos, y observatorios varios, tan empeñados ellos en extender la idea de que existe una total igualdad hombre-mujer: no, no somos iguales.

Y ya no hablo físicamente, algo que (digo yo) la mayoría de los que andan metidos en estos fregados ya se habrán dado cuenta (supongo), sino porque todos los estudios demuestran que también en sus respectivas estructuras cerebrales existirán sutiles pero importantes diferencias.

¿Pruebas? Abrumadoras. Bastarán algunos ejemplos de la vida cotidiana para comprobar que, más allá de los factores ambientales o de educación, cada uno de los sexos actuará ante una misma situación de una forma completamente distinta.

Caso uno: infidelidades. Para los hombres, nadie pone los cuernos a nadie hasta que se hubiera (o hubiese) consumado un acto sexual completo -mínimo-. La mujeres, en cambio, se sentirán culpables sólo porque aquella noche que cenaron en un chino acabaron soñando que eran las protagonistas de una sesión de bukake. Fuerte, sí, pero los sueños, sueños son.

Caso dos: regla de los diez segundos. Para los hombres, siempre que se caiga un trozo de comida al suelo y no pasen más de diez segundos hasta que lo recojas, puedes comértelo sin problemas. En cambio, no encontraremos mujer alguna (ni aún vendiéndole la moto del hambre que hay en el mundo y tal) capaz de hacerlo.

Caso tres: los retretes. Para los hombres, tirar de la cadena sólo es imprescindible (y no siempre) cuando se haya utilizado para sus usos mayores. Las mujeres, en cambio, lo hacen hasta cuando no lo han usado. Incluso la más forofa del cambio climático, la ecología y la salvación de los recursos naturales, no será capaz de pasar por delante de un retrete sin vaciar su cisterna.

Caso cuatro: la limpieza. Aunque la moda metrosexual (amariconamiento) ha conseguido que muchos ya dejen de hacerlo, hasta hace poco para la mayoría de los hombres era suficiente darle la vuelta a los calzoncillos cuando, tras varias semanas de uso continuado, intuían que su parte interior podía estar sucia. Y asunto arreglado. En cambio, la constante obsesión por la limpieza que despliegan las mujeres, especialmente en lo que los anuncios de bragas y sujetadores llaman "prendas delicadas", roza lo patológico.

Podíamos seguir -hasta el infinito y más allá-, pero después de reeler lo que había escrito... casi mejor lo dejo aquí y borro el resto. Estamos en Navidad y no quisiera yo morir en vísperas de unas vacaciones. No es un buen momento.

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