. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

1108. Jueves, 17 enero, 2008

 
Capítulo Milésimo centésimo octavo: "Casi todos los hombres que valen mucho son de maneras sencillas, y casi siempre las maneras sencillas son tomadas por indicio de poco valor" (Giacomo Leopardi 1798-1837; poeta italiano)

Apenas estamos comenzando el año y las revistas ya han empezado a llenarse de páginas con palmeras, cocoteros y bañadores al grito de "haga su reserva ahora que ya nos lo pagará cuando pueda". Y así van a estar hasta que la hoja en color del catálogo a Cancún sea derrotada por el anuncio de alguna nueva variedad de turrón, un turrón que no te sabrá a nada si antes no has vuelto a casa por navidad con la cara de los domingos y el matasuegras en la boca.

Y vuelta a empezar el ciclo.

Abrir un periódico, una revista o cualquier suplemento, se está convirtiendo en un insulto para los solitarios como ya lo era para los feos. El verano, como las navidades, son temporadas nefastas para los tristes, para los insociables, para los abandonados. No sólo el mundo parece haber decidido divertirse al mandato de los números del calendario sino que, además, se empeñan en restregárnoslo como una verdad universal que todos tenemos la obligación de sentir y practicar.

Me gusta el frío, me gusta el invierno, y por aquello de no parecer un elemento subversivo que sólo quiere llamar la atención llevando la contraria al gusto dominante, tengo que confesar que también me gusta (algo) el verano. Aunque sólo sea en casos muy concretos. Pocos finales se me ocurren más agradables que morirse en la vejez durante una siesta de estío. Por ejemplo.


,