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1141. Martes, 4 marzo, 2008

 
Capítulo Milésimo centésimo cuadragésimo primero: "Soy ecologista, por eso sólo me lavo la cara cada siete días" (Fulco Pratesi, 1934; presidente de WWF Italia)

Ayer, lunes durante nada más y nada menos que veinticuatro horas seguidas, me pasé el día protestando. Teniendo en cuenta que mi vida transcurre de forma "normal" tirando a "buena" y que aún no tengo edad para una crisis místicoexistencial, (no haber visto ver el debate de Rajoy y Zapatero y necesitar todavía un sólo bote de litro de anticanas al mes es la prueba irrefutable de que soy -casi- un adolescento), está claro que estos conatos de agresividad y mal humor están causados por esa estúpida manía, fruto sin duda de una mente enferma, de tener que venir al trabajo todos los días.

Con una aversión especial a los siniestros e infernales lunes.

Como lo de la jubilación no acaba de cuajar -se empeñan en que para cobrar sin trabajar tienes que ser (más) viejo-, me estoy planteando en serio pedir una baja por estrés antes de que sea demasiado tarde.

Casos de locura por exceso de actividad laboral hay muchos; y ya que todas las teorías modernas apuntan a que la prevención es el mejor remedio, habrá que poner manos a la obra. Pero ya.

Todo con tal de no llegar al extremo del orador, médico y poeta del siglo XVII, Gaspar Balaus, que en su vida diaria desarrollaba tal grado de actividad laboral, que acabó creyéndose hecho de mantequilla por lo que eludía cualquier fuego o fuente de calor por miedo a derretirse.

Un día muy caluroso, temiendo fundirse, se arrojó de cabeza a un pozo y murió ahogado.

Antes de llegar a esos extremos, mejor una baja. La salud ante todo. Tengo miedo.

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