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1143. Jueves, 6 marzo, 2008

 
Capítulo Milésimo centésimo cuadragésimo tercero: "La posesión de la salud es como la de la hacienda, que se goza gastándola, y si no se gasta, no se goza". (Francisco de Quevedo y Villegas, 1580-1645; escritor español)

Está claro que las personas humanas no tenemos límites. Cuando yo mismo pensaba que durante esos encuentros familiares -a los que llaman bodas, bautizos y comuniones- nada podría superar las interminables sesiones de besuqueos que tíos, primos y demás familia se empeñan en plantarte a traición (y además que se los devuelvas), al grito de "¡hooooolaaa cuanto tiempo, y qué, ¿cuándo te casas?!", resulta que he comprobado en mis propias carnes que sí, que hay algo peor, mucho peor, y que encima no es incompatible con lo de los ósculos, (es más, sus efectos se suman): que alguno de esos parientes, precisamente ése que hasta entonces había pensado que un megapixel era algún castigo divino que se trataba con penicilina, descubra, de repente, que su teléfono móvil también hace fotos.

A saco y sin compasión alguna. Así es como actúan estos verdaderos exaltados de la imagen, les da igual lo que estés haciendo, les da igual que estés meando, sacándote un moco, que tengas la boca llena o que te estés rascando un pie. Ellos, bajo el fanático grito de "!no importa si se pueden borrar!", someten a todo lo que esté a su alrededor al más feroz de los acosos.

Y encima hay que ponerles buena cara.

Nada ni nadie puede escapar, sólo cuando aparece otro artista con las mismas intenciones y con otro móvil con cámara en mano, puede uno relajarse un poco y mirar divertido como aquello se convierte en una pelea de machos intentando demostrar quien tiene el mejor aparato y quien es capaz de usar su instrumento con mayor destreza.

Aunque poco suele durar la alegría en la casa del pobre y en cuanto se dan cuenta de que vas a estornudar, dejan las resoluciones, los megapixel y el visor ocular réflex pentaespejo de altas prestaciones, para volver a la carga e inmortalizarte en ese momento tan entrañable en el que lanzas trocitos de aceitunas rellenas con sabor a anchoas a diestro y siniestro mientras todos te dicen jesús.

Y la tortura nunca está completa sin una gran traca final. Para eso se enchufa la cámara a la televisión y ya está. Ya pueden todos reírse de ti, a todo color, y en pantalla grande, que para eso la tecnología moderna es así. Si uno ya estaba ridículo en la miniatura esa de la "tft-incorporada" para que contar a 42 pulgadas.

Y justo cuando en la foto "DC01212" te vas quedando un pelín traspuesto, por aquello de la digestión más bien, siempre salta alguien gritando eso de "!mira.. si es Toñito!". Ya ves tú, como si fuera un prodigio que Toñito, un ceporro que no se mueve del sillón ni para mear, estuviera ahí.

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