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Jueves, 10 julio, 2008

 
15
"Lo pasé mal porque el hombre parecía sinceramente feliz de haberme encontrado en el tren mientras que yo necesitaba aprovechar el viaje para leer y dormitar un poco. Además, hasta el día siguiente no logré recordar quién diablos era. (Culpa suya, mencionó a un colega mío al que no tenía idea de que lo conociese en vez del lugar y circunstancia en que nos habíamos conocido él y yo). Creo que tuve que ponerme grosero para que no me arrastrase a tomar una cerveza y cuando alegué que no estaba sociable porque tenía muchos problemas insistió en que se los contase (es un tipo simpático, pero sólo habíamos hablado un par de veces antes y ya hace casi quince años). Pasé el resto del viaje agazapado sin levantarme siquiera para ir al lavabo.¿Necesitaría mi compañero de viaje leer un tratado de cortesía y buenas maneras? No creo. Bastaría con que comprendiese que no todo el mundo, ni siquiera yo que a veces padezco de incontinencia verbal, es tan extrovertido como él. En el límite, la cortesía no es más que una elemental capacidad de distinguir entre uno y el prójimo. Algo que no necesariamente lleva a amarle pero sí a no rascarse los cojones en los bolsillos de él, si me permiten esta ruda expresión. Todo lo que se haga en el terreno educativo, incluido el más tiernamente escolar, para hacer comprender que el otro no tiene necesariamente tus gustos y tus ritmos vitales, que la compañía debe sugerirse sin timidez ni inhibición pero no imponerse alborozadamente como si estuviésemos seguros de ser para el otro el premio de la Primitiva, es generar cortesía.

Y luego está todo aquello de la cortesía que remite a otro límite: aquel en que las normas de educación o buenas maneras no son más que un patrimonio de clase, un repertorio de pautas no siempre racionales ni refinadas destinado a excluir a quien no pertenece al grupo, una forma de aislar al que viene de abajo aunque sea inteligente, gentil o ingenioso. Son como una pareja de la guardia civil disfrazada de know how. Un conjunto arbitrario de prácticas codificado como tecnología estética de pretensión metafísica.Todavía recuerdo mi alivio el día en que me dijeron que los cubiertos se van usando simplemente por el orden de afuera adentro en que están dispuestos. Se trata de que hayas nacido donde se sabe eso o que hayas accedido al lugar donde te lo enseñan, es decir, has sido aceptado, cooptado aunque sólo sea como excéntrico. Lo de menos es la adecuación real del cubierto a la captura del alimento o la estética del conjunto formado por ambos. El truco consiste en que los excluidos crean realmente que hay una ciencia y una sabiduría de las buenas maneras. El examen de urbanidad y saber estar, en ese sentido, sólo lo superan quienes han copiado."
Transmongoliano día 14: Tren de Ulan Bator a Pekín (1317 Km.)