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Viernes, 11 julio, 2008

 
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"El mundo de la belleza se resquebraja. Primero fue Naomi Campbell, la novia de Joaquín Cortés. Se quejaba del racismo que le aplican en EEUU, donde se niegan a contratarla para anunciar productos de cosmética, so pretexto de que es negra. Lo que no dice Naomi, pero seguramente lo piensa, es que el racismo que aplican allí a los seres de otras razas, no se reduce a ese tipo de actividades comerciales o publicitarias. Si ella pensaba que por el simple hecho de ser famosa en el mundo entero y multimillonaria, los blancos se iban a olvidar de que era negra, ahora se ha caído del guindo. Los americanos -blancos, claro-, creen que cumplen con la norma para ser políticamente correctos, llamando a los negros african americans, o sea, americanos de origen africano, y después les siguen aplicando la segregación o la explotación. Más o menos según los americanos de origen africano sean más o menos ricos, más o menos cultos. Pero llega un punto en que los blancos marcan el límite, más allá del que los negros ya no pueden pasar.

La única manera de ser políticamente correcto es llamar a los negros negros, pero tratarlos con absoluta igualdad y reconocerles como ciudadanos de pleno derecho que son. Lo demás es puro eufemismo e hipocresía. La moraleja del cuento de Naomi es que no por mucho que seas famosa, rica y mujer perfecta o sea, modelo para las demás, se van a olvidar de que eres negra.

Pero hay más y no es en América sino en la vieja Europa. A la actriz y modelo francesa Emmanuelle Béart, la gran casa de moda y de cosméticos Christian Dior le ha roto el contrato que tenía con ella porque participó activamente en las manifestaciones callejeras contra la nueva ley francesa de inmigración, siendo incluso detenida por agitadora.

Se supone que las mujeres modelos perfectas no sólo no deben tener convicciones políticas o inquietudes sociales, sino lo que es peor, si las tienen no deben manifestarlas públicamente. La mujer perfecta ni siente ni padece. Sólo se muestra, lejana, bella y misteriosa. Es lo que se llama también el síndrome de las tres des: las mujeres deben ser discretas, distinguidas y distantes. Así es el ideal de la femineidad para los hombres y también para los que nos atiborran de productos. Y estúpidamente, muchas mujeres del mundo del espectáculo, de la moda o de la publicidad que tienen mucho que decir -o por lo menos tanto como la mayor parte de los hombres que no hacen más que decir chorradas- se callan porque estaría mal visto o no sería políticamente correcto o dejarían de ser modelos para las demás.

Se supone, entonces, que las opiniones, convicciones o creencias de todo tipo son cosas de mujeres de baja estofa, vulgares consumidoras. Las que imitan, las que compran sin freno, las que enferman a base de empastillarse y hacer toda clase de dietas estúpidas para parecerse a las bellezas ideales.Pero, afortunadamente, las bellezas ideales también tienen, al parecer, una cabeza sobre los hombros que les funciona y un corazón en el pecho silicónico que les late. Y eso, por mucho que les fastidie a los empresarios de moda o de cosméticos y a los tíos en general, es muy de agradecer."
Transmongoliano día 15: Pekín