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1231. Miércoles, 13 agosto, 2008

 
Capítulo Milésimo ducentésimo trigésimo primero: "Cuando decides dar poca importancia a un problema, se reduce por si solo" (Catherin Rambert, 1963, escritora estadounidense)

Decía un sabio muy sabio que se llamaba Paracelso, que la diferencia entre una medicina y un veneno estaba simplemente en la dosis; decía mi abuela, mucho menos leída que el tal Paracelso pero también con la cabeza muy bien amueblada, que la diferencia entre ser honrada o ser puta estaba simplemente en el precio que a uno le quieran pagar.

Y digo yo, que no soy sabio y tengo la cabeza más revuelta que el contenedor de rebajas en mitad de un pasillo del Lidl, cuál podrá ser la sutil diferencia capaz de conseguir que el camarero que me pone el café cada mañana lo haga con una sonrisa en vez de con la cara de estreñido crónico con la que lo hace. No pierdo la esperanza. En cualquier momento, cuando menos me lo espere, me dará la sorpresa y sonreirá.

Tener cada día apasionantes retos a los que enfrentarse, sobre todo si son tan importantes y de resultados tan inciertos como estos, le dan al mundo un toque muy especial. Al fin y al cabo la (excesivamente) tranquila vida de agosto también puede ser fascinante. Sólo hay que buscar la motivación adecuada.

Creo que necesito algo de actividad. Y de forma urgente.