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1296. Lunes, 17 noviembre, 2008

 
Capítulo Milésimo ducentésimo nonagésimo sexto: "Si los anunciantes se gastaran la misma cantidad de dinero en mejorar sus productos de lo que se gastan en anunciarlos, ni siquiera necesitarían anunciarlos”. (William Penn Adair, 1879-1935; escrior y actor estadounidense)

Hace algunos años, la oficina de la empresa de publicidad Ogilvy en Singapur recibió de la congregación religiosa Love Singapur el siguiente reto: “Dios tiene un problema de imagen. ¿Pueden ayudarle?

Superada la fase inicial de sorpresa, los ejecutivos de la multinacional se pusieron manos a la obra y diseñaron una estrategia de marketing para Dios. El resultado: una campaña en televisión, vallas, radio, prensa, en una recién nacida internet y hasta por (los entonces casi inexistentes) sms, cuyo objeto era presentar a Dios como alguien cercano y dispuesto a ayudar.

Sobre fondo negro y sólo mediante unas sencillas letras blancas, la población del país asiático fue tropezando con mensajes del tipo: “Odio las reglas, por eso sólo hice 10”; “No olvides el paraguas. Puede que hoy riegue las plantas”; “Por favor, no bebas si conduces; todavía no estás preparado para conocerme”; “Gracias a mí, es viernes”. Todos los mensajes, como es obvio, llevaban la misma firma: Dios.

A las dos semanas, el gobierno prohibió la campaña en prensa y en televisión, pero ésta prosiguió a través de internet y de los sms. Fue un éxito. Las encuestas revelaron que la popularidad de Dios se había incrementado un 40%. Y la campaña –en parte gracias a su prohibición- se convirtió en la más famosa de toda la historia de Singapur.

A lo práctico. Necesito urgentemente una empresa de publicidad así. Si fueron capaces de vender algo tan intangible como Dios, cambiando su imagen de vengativo y desconsiderado por otra de amabilidad y gentileza, qué no harían si se pusieran a lanzar mensajes a mis amados jefes enumerando las múltiples bondades laborales que adornan mi modesta persona. La nómina extraordinaria con la productividad está al caer y, aunque llevo ya tres días poniéndoles cara de que me interesa todo lo que me dicen, no me vendría nada mal una ayudita extra que les explicara lo competente, eficaz y abnegado que resulta un servidor en su trabajo. Nadie como los expertos en marketing para hacer pasar por evidente lo irreal. Son unos genios estos chicos.