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1324. Martes, 13 enero, 2009

 
Capítulo Milésimo tricentésimo vigésimo cuarto: “Hay dos maneras seguras de llegar al desastre; una, pedir lo imposible; otra, retrasar lo inevitable” (Francesc Cambó, 1876-1947; político español)

Una de las más viejas y arraigadas costumbres humanas consiste en ponerse en cualquier fila en la que alguien reparta algo gratis. Una afición cultivada al margen de que el artículo a regalar sea una mierda (que siempre lo es) o de que el 99% de los que estén haciendo cola ya tengan tres docenas de lo mismo en casa.

Bien, pues como devoto practicante de esta milenaria tradición que soy, vengo notando un notable aumento de la agresividad en el ambiente colistico del degratis. Si antes aguardábamos pacientemente a que nos regalaran la caja de cerillas o el globito que se explotaba en cuanto lo intentabas inflar, ahora basta con que te muevas un poco de la fila para que te empiecen a dar todo tipo de información acerca de, por ejemplo, la presunta actividad laboral de tu madre. Y eso si tienes suerte y das con gente tranquila.

Aunque para ser justos hay que reconocer que esta agresividad en las cosas de balde ha existido siempre. Cuentan las crónicas que en la ceremonia de coronación del Nicolás II de Rusia, en Moscú, se iban a entregar obsequios a todas las personas que participaban. Mientras estas personas estaban aguardando para recibir sus presentes, se corrió el rumor de que no había suficientes regalos para todos. Así comenzó una estampida hacia los mostradores con los regalos, y cientos de mujeres y niños fueron pisoteados y murieron.

Por aquí la cosa no llega a tanto (todavía), pero he notado que desde que los prejubilados, jubilados y/o pensionistas empezaron a alternar su misteriosa afición por mirar zanjas con la de hacer cola allí donde ven alguna, los demás, pobres mortales, tenemos la batalla perdida. Tal y como se están poniendo las cosas –ellos cada vez son más y cada vez más agresivos- a lo único que podemos aspirar degratis es a alguna camiseta (que siempre queda grande) conseguida después de pelearnos con tres docenas de ociosos jubiletas bastón en mano.

Y todo para convertirnos en el soporte publicitario gratuito de cualquier caja de ahorros.

Esto de las colas ya no es lo que era.