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1348. Lunes, 16 febrero, 2009

 
Capítulo Milésimo tricentésimo cuadragésimo octavo: “Lo malo de decir lo que uno siente es que muchas veces uno siente haberlo dicho. (Mariano Rodríguez de Rivas, 1914-1995; periodista español)

Revolviendo entre papeles atrasados este fin de semana, me he topado con un texto -huérfano de autor- que me zampé de un tirón. Un texto que cuenta con la mejor garantía de calidad que se puede tener: no lo he escrito yo... Aunque, eso sí, subscriba punto por punto lo que en él se dice.

“No tengo nada que alegar contra la cirugía estética. Pero nada de nada, vamos... Creo que quien se somete a ella lo hace por necesidad física o anímica; y supongo que sus resultados producen un bienestar inmediato, algo así como vivir una luna nueva de miel con uno mismo que no admite reproches, porque serían injustos.
Ahora bien: lo que podríamos llamar la cirugía ética es otra cosa... algo que si me avergüenza cuando me la receto a mí mismo o cuando veo que otros se la aplican.
Llamo cirugía ética a las prisas que nos entran por borrar cuantas cicatrices y arrugas van dejando en nuestro ánimo, en nuestro espíritu, en nuestra alma las penas, los dolores y las contrariedades de la vida. Ante el más mínimo bache ya estamos aplicando, corriendo, corriendo, lo que un amigo mío describe como la “teoría de las compensaciones” y cuya práctica es la que sigue: ¿qué tengo un desengaño sentimental? ¡pues me compro el último iphone, tres zapatos de piel de cocodrilo y una cazadora de piel, hala!; ¿qué las cosas no van del todo bien en el trabajo? ¡pues, en lugar de reflexionar serenamente sobre las causas y posibles soluciones de los problemas, me enchufo cinco horas seguidas a la televisión en plan drogata de la pantalla! ¿o es que no merezco un poco de evasión?; ¿qué la salud flojea y aparecen molestias, dietas, medicaciones y otras pejigueras? ¡pues me tomo cuatro copazos y comienzo a ver la vida de color rosa-alcohol más risueño!... La teoría/práctica de las compensaciones consiste en buscarle un descosido de placer en cuanto asoma en nuestra existencia el roto de la desdicha: movimiento frenético, compras sin sustancia, sexo y sucedáneos venenosos de la alegría para tratar de borrar, con cirugía inmaterial, los rasguños y desconchones que se nos van marcando en el alma.
Hasta nos produce un cierto bochorno, una vaga repugnancia, permitir que alguien de percate de que lo estamos pasando canutas, de a kilo... No digo yo que andemos todo el día de plañideras y lloricas por la calle; pero el sufrimiento no envilece: dignifica. Y pretender que la vida –la vida de uno y la vida en general- es una juerga mora permanente, “orgía y desenfreno” como decía el otro, me parece más que una bobada: me parece una mentira.
No le encuentro, pues, ningún sentido a tratar de disimular los desperfectos de nuestro ánimo., las malas rachas, con el maquillaje del hedonismo, del “dale marcha a tu cuerpo, Macarena”.. Yo soy el primero que practico febrilmente la teoría de las compensaciones y que, en los esos momentos de lucidez que tengo entre frenesí, me digo” Desengáñate: este dolor que sientes, esta pena que tienes no la borran todos los cacharritos electrónicos a estrenar del mundo. Aprieta los dientes, aguanta como un hombre y deja que el heridón del alma sangre un poco, que tampoco pasa nada...” Unas veces consigo evitar la tentación de la compensación y, otros no. Y así voy tirando... Pero aunque mi carne sea débil como la que más y mis caprichos tan fuertes como los que más, sí tengo claro en el coco que nada ni nadie puede descolgar de mi espíritu las “rojas insignias del valor”, como dice el título de una novela norteamericana, que las desdichas van dejando prebendas en él.
Porque, oigan, penas haylas, como las meigas gallegas... Se ponga uno como se ponga, se oculte uno como se oculte, disimule uno como disimule, las penas vienen. Y, a veces, no se van: se quedan un rato largo como inquilinas de nuestro armario. El lenguaje castellano, que es bastante duro e inmisericorde, posee una expresión sin piedad: “a duras penas...”, se dice; “a duras penas estoy pasando por este mal trance”; “a duras penas puedo aguantar este percance”... Exacto: las penas son duras como un mazo golpeando los nudillos. Y es imposible apartar la mano: las penas zurran a pequeños y a mayores, a morenos y a rubios, a pudientes y a mendigos, a guapos y feos.
Creo, también, que es impresentable montar un desfile público permanente e impúdico, de las penas personales. Pero me resulta de lo más idiota del mundo tratar de ocultárnoslas a nosotros mismos, hacer “como si no...” o tratar de ahogar el dolor en un baño de vino y rosas, por ejemplo.
Me voy convenciendo de que si no aceptamos –si no acepto- las “duras `penas” tal cual son, a palo seco, con el ánimo bien templado para admitir la cuchillada y la sangría, nos puede –me puede- sobrevenir algo más pena que la pena misma: pasar por esta vida sin pena... ni gloria”

¡A por el lunes!