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1394. Lunes, 4 mayo, 2009

 
Capítulo Milésimo tricentésimo nonagésimo cuarto: "El clavo que sobresale siempre recibe un martillazo" (Proverbio chino)

Andamos estos días revueltos con la mal llamada gripe de los cerdos (el H1N1 tiene elementos de la gripe humana, la porcina y la aviar) igual que hace unos meses andábamos con la de los pollos y hace otro tanto con las vacas (¿las noticias de las epidemias siempre se han parecido tanto unas a otras, o es uno, que se ha vuelto insensible?) y pocos son los que no se conocen al dedillo cuantas veces tienen que estornudar antes de salir corriendo a urgencias. Nunca ha sido tan fácil, tan rápido, ni tan cómodo estar informado.

No se trata de quitarle importancia a algo que, evidentemente, la tiene. Sin embargo, ¿cuánta gente se acordará de semejante historia dentro de unos meses? Pocos. Porque lo que de verdad nos importa, lo que de verdad recordamos como marcas en la vida, son las cosas que nos suceden a nosotros. Y a todos nos suceden cosas: uno acaba de tener un hijo, el otro enterró a su padre, este otro encontró trabajo y para aquel esta fue la semana en la que le despidieron del suyo. Ésos sí son los hechos trascendentales que recordaremos. Incluso para el que acaba de perder al amor de su vida, este año pasara a la historia como el año del desamor y no como el de la gripe de los cerdos.

Suena cruel, pero es lo normal. Los hechos particulares siempre son más determinantes en nuestras vidas que guerras, epidemias, terremotos, grandes gestas deportivas, o teatrales cambios de gobierno. Y nadie se siente egoísta por ello. Ni tan siquiera aquel, al que algo tan insignificante para el resto de la humanidad como es haberse separado de su pareja, le ha entristecido más que todas las catástrofes, naturales o antinaturales, del mundo.