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1396. Miércoles, 6 mayo, 2009

 
Capítulo Milésimo tricentésimo nonagésimo sexto: "Si alguna vez ve saltar por la ventana a un banquero suizo, salte detrás. Seguro que hay algo que ganar" (Voltaire, 1694 - 1778; escritor y filósofo francés)

Todos sabemos su importancia y, sin embargo, el poder de la belleza es objeto de una verdadera represión colectiva. En las facultades de Pedagogía es casi un tema tabú enseñar lo evidente: el refuerzo positivo que en la escuela reciben los niños guapos. Ni tan siquiera en las facultades de Derecho se enseña hasta que punto la belleza de los acusados puede condicionar la sentencia que dicta el juez. Pero, aunque nuestro entendimiento se encargue de restarle importancia, la belleza es la responsable inconsciente de muchas de nuestras decisiones. Lo mire uno por donde lo mire, los guapos nos caen mejor. Los guapos lo tienen más fácil.

Además, y para más inri, la respuesta de la ciencia no deja lugar a dudas: la belleza no es relativa. En todas las clases sociales, en todas las culturas y en todos los continentes, con independencia de la edad, la profesión y el sexo, se consideran atractivos los mismos rostros. Es cierto que existen gustos, modas y manías muy diferentes. No hay un único ideal estético, sino seis mil millones. Sin embargo las coincidencias son asombrosamente grandes y aunque los dialectos de la belleza sean diferentes, su lengua es la misma. Todos tienen un núcleo duro en común y hay un consenso universal que une distintas épocas y culturas. Nuestro sentido de la belleza se basa en principios firmes, en normas y reglas fijas de validez universal. A pesar del gran número de variables, la fórmula de la belleza tiene constantes que son eternas. Por esa razón Nefertiti impresiona ahora de la misma manera que hace miles de años y el David de Miguel Ángel nos sigue pareciendo tan extraordinario como a sus contemporáneos.

¿Y qué nos queda a los feos? Pues autoengañarnos poniéndonos de acuerdo en que existe una belleza interior... por más que ya en el siglo X, Odon, abad de Cluny, escribiera aquello de: “La belleza no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que hay debajo de la piel de las mujeres, el mundo se hubiera acabado hace siglos”. Es evidente que una persona resulta atractiva no sólo por su apariencia. La actitud, la gesticulación, la mímica, la voz, el olor, la vitalidad, el ingenio, la compasión o la inteligencia son al menos tan importantes para el atractivo de una persona como su aspecto. Hay bellezas que se evaporan en el momento en que el bello o la bella de turno abren la boca. Pero a ellos para deslumbrar les basta con no abrirla mientras que los demás aunque la abramos, pasamos más desapercibidos que Ágata Ruiz de la Prada en un desfile de carnaval.

La belleza es un insulto a uno de nuestros valores más sagrados: el que afirma que todos los seres humanos comienzan a vivir con las mismas oportunidades. Por eso, alguien debería hacer algo con los guapos: subirles los impuestos, que les resulten más caras las cañas, prohibirles que liguen entre ellos, declararlos de utilidad pública, nacionalizarlos para uso y disfrute del resto, que se pudieran recetar en la atención primaria... no sé, algo. ¿No hay un Ministerio de Igual-dá para eso?, pues que se pongan las pilas ya.