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1432. Lunes, 29 junio, 2009

 
Capítulo Milésimo cuadringentésimo trigésimo segundo: "Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces" (Marco Valerio Marcial, 40-104; poeta latino)

Ahora que estamos en tiempo de hacer maletas, hay un par de cosas que todavía sigo echando de menos de cuando vivía en casa de mis padres. Y mira que de eso hace casi ya dos décadas. Una, es esa extraña costumbre que tienen todas las madres de querer que hagas la maleta (y/o mochila) con, mínimo, 48 horas antes de la salida. A uno, en cambio, con media hora le basta y le sobra. Consecuencia: habrá 47 horas y media de tu vida en las que cada cinco minutos tendrás que oír por delante, por detrás, por arriba y por abajo la frase: "¿Pero y la maleta..? ¿Cuándo quieres hacer la maleta?", "Niño, que se te echa el tiempo encima y no has hecho la maleta”.

Y la otra, la vigilancia exhaustiva a la que una vez hecha hay que someter a la dichosa maleta. Porque basta un segundo de despiste, un pequeño descuido aunque sólo sea porque te estás meando, para que una madre -siempre al acecho- pueda remplazarte todo lo que ella considera prescindible de la maleta (que suele coincidir casi al 100% con lo que tú consideras imprescindible) y acabes tumbado en la playa con tres chaquetas ("niñoooo, que por la noche siempre refresca"), veinte pares de calcetines ("¡pero cómo no te los vas a llevar si te los he comprado precisamente para el viaje... anda, andaaaaa, anda) y un tuperware con kilo y medio de croquetas de pollo ("!ayyyyy a saber que vas a comer por ahí con lo gaita que eres!").

Veinte años después... y cada vez que llegan estas épocas lo sigo echando de menos. ¡Qué cosas!