. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

1686. Jueves, 30 septiembre, 2010

 
Capítulo Milésimo sexcentésimo octogésimo sexto: “Una vez terminado el juego, el rey y el peón vuelven a la misma caja. (Proverbio italiano)

Quiero una televisión en la pared de enfrente de mi mesa. No es por capricho, es porque soy precavido. Según una ley universal –que salvo en los ciegos se suele cumplirse escrupulosamente-, todo el que entra a una habitación en la que está una televisión encendida fija su mirada en la pantalla obviando, al menos durante los primeros minutos (y todos sabemos lo importante que son “los primeros minutos”) lo que ocurre a su alrededor.

Tiempo suficiente para organizarme, recolocar papeles y cerrar alguna que otra ventana del pecé, lo justo para dar la impresión de que los temas laborales absorben todo mi esfuerzo.

Que se empeñan en acercarse sin avisar y uno, concentrado como está viendo películas de arteyensayo (el pornocasero es tirar el dinero lo se pas), se lleva cada susto que cualquier día va a haber una desgracia. Al tiempo.