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1817. Lunes, 9 mayo, 2011

 
Capítulo Milésimo octingentésimo decimoséptimo: "Sólo avanzada ya mi vida me di cuenta de cuán fácil es decir: no lo sé” (William Somerset Maugham, 1874 - 1965; escritor británico)

Es lo primero que hago todas las mañanas. Aún semidormido, me levanto y entro en el cuarto de baño. Con gesto automático enciendo la luz y, frente al espejo enchufo mi máquina. Sé que hay mucha gente que odia ese momento, pero yo me lo paso muy bien. ¿Masoquista? Tal vez pero, ¿quien no lo es un poco? Lo cierto es que el contacto del metal con mi piel hace que el sueño me abandone y la sangre me circule mejor. La paso una y otra vez por el mismo sitio sin necesidad, por puro deleite. A veces -debo reconocerlo- estoy media hora así y el ruido molesta a otras personas. Ayer mismo mi compañerodoméstico vino hasta mí y me llamó cafre; dijo que estaba destrozando mi cara y sus oídos, que el ruido deshacía sus nervios y que yo era un esquizoide. Nada extraño, él usa mucho estas definiciones psicológicas. Desde que leyó el “Manual para brillar en reuniones sociales" no ha vuelto a ser el mismo. Un día resbalé en la calle y casi me parto la crisma, pues va y me habla del "desequilibrio emocional proyectado"; otra vez me definió como "fetichista reprimido" porque hablé de lo bien que le quedaban unos zapatos. Total, así llevo varios años y le hago menos caso que los ingleses al tema de Gibraltar.

Ya puede decir cualquier cosa que yo seguiré todas las mañanas haciendo lo mismo. Después de todo, y por mucho que al terminar me tenga que repasar con la cuchilla y duela, creo que tengo el derecho a pasarme el tiempo que quiera por la cara mi máquina de coser.