. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

1880. Viernes, 16 septiembre, 2011

 
Capítulo Milésimo octingentésimo octogésimo: "El que nace pobre y feo tiene grandes posibilidades de que al crecer se le desarrollen ambas condiciones. (Germán P, 54 años, psicólogo -dereconocidoprestigio-)

Dogging, término que tiene su origen en el Reino Unido allá por los años 70 con el que se conocía a los hombres que, con la excusa de sacar a pasear al perro, espiaban a las parejas. Hoy, como las ciencias adelantan que es una barbaridad, se conocen con doggers a aquellas personas, parejas, tríos, grupos o mediopensionistas que practican sus ratos de desahogo coital al aire libre mientras otros, los mirones de toda la vida, los observan. Mirones que, si son invitados y lo desean, pueden hasta unirse a la reunión.

Unos encuentros que cada vez son más frecuentes en España y que, salvo la de practicarlo de forma segura, no tiene muchas más limitaciones. Cuentan con su propio código, y es larga la lista de los sitios donde uno puede apuntarse que hay en internet.

De todas formas se creerán muy modernos, pero por muy nombre inglés que le pongan, lo que de toda la vida hemos llamado cancanear es más viejo que la orilla del rio. Al fin y al cabo, en la variedad está el gusto. O eso me han contado, vamos. Hasta el lunes pues.