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1897. Martes, 11 octubre, 2011

 
Capítulo Milésimo octingentésimo nonagésimo séptimo: “Los caníbales educan gastronómicamente a sus hijos enseñándoles a comerse las uñas”. (Oscar Y., 35 años, antropólogo forense)

Es muy común que las personas caigan enfermas, incluso las sanas, y también es muy común que el médico recete unas cuantas cajas de pastillitas en colores variados que (casualmente) suelen ser distintas según la enfermedad.

Hasta aquí normal. Pero ocurre que, generalmente, el enfermo sólo necesita para su restablecimiento la mitad de cada caja, y entonces viene aquello de que sobran diez o doce, que van a parar a ese cajoncito transparente (es que ya no dan cajas de zapatos como antes) con tapa de colores chillones comprado en el carrefourplanet en una oferta trespordos -¿o aquí nadie tiene en casa uno de esos cajoncitos?-, donde vamos metiendo los medicamentos sobrantes. Pues bien, por regla general, esos medicamentos que nos sobraron de nuestra pasada enfermedad sirven para recetárselos a las visitas que, entre patata frita y patata frita, nos anuncian cualquier dolencia, por poco parecida que ésta fuera a la nuestra.

Sin embargo, y ya es hora de decirlo alto y claro, no hay que fiarse. Aunque la visita manifiesta una gran satisfacción por el medicamento que les recetamos, y nos dice que a la hora de acostarse comenzará el tratamiento sin falta, en cuanto llega su casa lo mete en otro cajoncito que tiene, igual al nuestro (también mira las ofertas del trespordos) de medicamentos sin usar, para recetárselo a algunas de sus amistades.

Es fuerte, lo sé, pero alguien tenía que decirlo. Hasta el jueves pues.