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1912. Viernes, 4 noviembre, 2011

 
Capítulo Milésimo noningentésimo duodécimosegundo: “La miseria es una enfermedad que, si no se cura a los treinta, se hace crónica” (Dino Segre, 1893-1975; escritor italiano)

Cuando establecemos la tan común comparación entre una señorita sexualmente promiscua y una gallina estamos cometiendo un doble error. Primero con la mujer, que, por muy furcia que sea (y salvo que ejerza de tal profesionalmente) rara vez cobrará por acostarse con distintos hombres (en metálico, se entiende). Y por otro con las gallinas, las cuales, y a pesar de su mal ganada fama de rameras, poseen una moral intachable cercana a la monogamia. Si en un gallinero hay alguien crápula, disoluto y disipado, es el gallo, no ellas.

Por ello me sumo a la propuesta que circula por ahí poniendo las cosas en su sitio: las gallinas, igual que no son taxistas o -con las excepciones que queramos- ministras, tampoco son putas. Y si algún animal de bellota jurásico sigue empeñado en insultar a una mujer, que lo haga usando otros bichos mucho más depravados y peligrosos que las pobres gallinas. Que haberlos haylos...

Cualquier mosquitamuerta, por ejemplo.

He dicho.