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1915. Jueves, 10 noviembre, 2011

 
Capítulo Milésimo noningentésimo decimoquinto: "Si supiera a donde ir intentaría fugarme sólo para poder seguir" (German Daffunchio, 1961, músico argentino)

El adulador, más conocido como lameculos, quitamotas, cobista o pelotillero a secas, se da más que los catarros en otoño. Lo que no está claro es la mala prensa que tienen. Porque ser adulador es una profesión (ejercida en plan autónomo) como cualquier otra, sólo que mejor remunerada y sin horario. Una profesión que no puede hacer cualquiera y en la que se requiere mucho temple ya que los materiales que utiliza el adulador (lisonja, elogio, halago, aplauso, beso en los pies y otros alindados servilismos) deben parecer naturales y salidos del corazón. De lo contrario, al adulador se le toma por arribista, y eso, evidentemente, no es ser un buen profesional del peloteo.

Porque, y aquí está la sutil diferencia, al adulador nunca se le debe de notar interesado como el arribista. Algo que no es fácil de conseguir. Un buen lameculos es todo un filantrópico de la mímica, un correveidile de pasillo, un codelincuente de despacho, un organizador de lisonjas y productor de piropos, una mentira oficiosa con cara de bragueta. En resumen, un vulgar jili.

Pero un vulgar jili que no existiría si no hubiera imbéciles que se dejan adular. Y encima se lo creen.