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2020. Miércoles, 16 mayo, 2012

 
Capítulo Dosmilésimo vigésimo: “Todo acto de bondad es una demostración de poderío" (Miguel de Unamuno, 1864 - 1936; escritor español)

Ahora que está a punto de empezar el verano conviene recordar que no está previsto en nuestras leyes un caso muy cierto, que es cuando el número de pobres en una playa fuere tan considerable, que el socorrerles se convirtiese en una carga demasiada pesada para los ricos allí veraneantes que pagan muchos mas impuestos que los pobres.

No está previsto en nuestras leyes y ocurre constantemente, sin cesar. Los pobres (paro, salario mínimo, cuenta ajena y clase media) infestan los paraísos donde los ricos (suma y sigue) humildemente pretenden descansar. Indudablemente el gran culpable de este suceso es el gobierno al permitir que todas las playas sean de uso común. Cuando el mundo tenía sentido la playa era un privilegio donde la gente de bien se iba a dar curas de olas y sal. Ahora la playa es la masificación. Ni los percebes saben igual. No pueden saber igual los percebes si una serie de pobres se han estado bañando cerca de ellos. Todo el mundo conoce la función filtrante y depuradora de los mariscos: ¿cómo vamos a comer ahora ostras con sabor a pollo? Total, que los pobres están dejando el mar hecho una pena. Antes, un paraíso, hoy, un factor contaminante. La costa española, por culpa de estas criaturas irresponsables, sin dos dedos de frente, se ha convertido en una cloaca cuya única misión es chupar millones de deseos insatisfechos.

Después de lo visto, se debería reglamentar una época de veraneo para los pobres, consiguiendo así que no coincidiesen con los ricos arruinándoles el ocio. Sí, los pobres serían obligados a veranear de noviembre a febrero cuando las playas están abarrotadas de viento, frío y lluvia lo cual ayudaría a solucionar el problema.

Que los pobres veraneen en invierno.