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2189. Viernes, 8 marzo, 2013

 
Capítulo Dosmilésimo centésimo octogésimo noveno: “Nadie debe cometer la misma tontería dos veces, la elección es suficientemente amplía” (Jean-Paul Sartre, 1905 – 1980; filósofo francés)

Salvo que conservar la sangre del cordón umbilical puede convertirse en uno de los más efectivos seguros de vida (parece que en un futuro no muy lejano podrá usarse para curar distintas enfermedades), nunca le había encontrado yo mucha utilidad al ombligo. Y mucho menos a sus "derivados".

Estaba confundido: son una verdadera mina.

Durante el siglo XIX y en algunas ciudades (en Toledo por ejemplo, era una costumbre casi obligatoria) era hábito, tras cortárselo al recién nacido, que las madres lo guardaran bajo la almohada para evitar así problemas uterinos tras el parto.

En algunas partes de México existía la costumbre de dejarles el muñón del ombligo lo más largo posible porque creían que se correspondería con el futuro tamaño de su pene.

Más lejos iban los hindúes: lo conservaban toda la vida colgado del cuello para no enfermar.

Pero sin duda, lo más "práctico" es el uso (y disfrute) que de él hacen algunas tribus indígenas australianas: si el ombligo de la pareja es lo suficientemente carnoso (algo para lo que se entrenan durante su adolescencia), el miembro "activo" de la pareja puede sujetar la piel que lo rodea en torno a su pene y desarrollar así una delicada (y según las crónicas muy placentera) versión de la penetración.

Por probar.