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2230. Martes, 21 mayo, 2013

 
Capítulo Dosmilésimo ducentésimo trigésimo: "Cuando aparece un gran genio en el mundo, se puede reconocer por esta señal: todos los mentecatos se confabulan contra él” (Jonathan Swift, 1667- 1745; escritor irlandés)

Después de comer nos entra sueño. La culpa la tiene la digestión, un proceso en el que se consume el diez por ciento de las reservas energéticas diarias.

El aparato digestivo necesita consumir energía para masticar los alimentos, llevarlos al estómago, degradarlos con ácido y volcar la papilla resultante en los intestinos, donde avanzará lentamente hacía el ano mientras los nutrientes atraviesan las paredes intestinales hasta pasar al torrente sanguíneo. Para completar la tarea, el cuerpo ordena un aporte extra de sangre a los intestinos, lo que provoca un pequeño desabastecimiento del cerebro y la somnolencia tras la comida.

Recientes investigaciones en cronobiología han confirmado que durante las horas que dura la digestión se produce una ligera bajada de temperatura corporal que propicia la sensación de sueño.

Seamos serios, o dejamos de comer o dejamos de trabajar por la tarde. Se trata de elegir. Ambas cosas son científicamente incompatibles.