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2279. Viernes, 23 agosto, 2013

 
Capítulo Dosmilésimo ducentésimo septuagésimo noveno: "Mi madre me ajusta el cuello del abrigo no porque empieza a nevar, sino para que empiece a nevar” (César Abraham Vallejo, 1892 - 1938; escritor peruano)

No se puede negar que el occidente en el que vivimos ha fabricado cosas muy importantes: desde el románico de Silos hasta las bragasfaja más sofisticadas, desde la Misa en si menor de J.S. Bach hasta el preservativo con crestita de gallo, desde el rayo laser hasta el invento de don Nicanor tocando el tambor, desde el faisán adornado con trufas y cebollino de Magucia que comían los cardenales renacentistas hasta el plato combinado de croquetas y dos huevos fritos, desde el buey desollado de Rembrant a la lencería fina de La Rue Saint Honoré. Aquí hay de todo, motores complicadísimos y culos impresionantes que se desarrollan y se atemperan según las exigencias de cada época.

Pero nada comparable para el avance de la civilización cómo el invento de unos días de vacaciones. No nos engañemos, todos sabemos -ahora que no nos oye nadie-, que el entorno laboral se parece mucho a un zoológico. A las fieras temibles, dulces animalitos, caimanes, tiburones, bestias imponentes y pájaros de mal agüero que trabajan contigo, se le suma otra fauna mucho más peligrosa e impredecible: los "clientes". O te despegas de todos ellos unos días, o el final -y no tardando mucho- es acabar en la cárcel por asesinato múltiple con premeditación y mucha, mucha alevosía.

Menos mal que nos queda un todo un fin de semana por delante.