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2494. Viernes, 29 septiembre, 2014

 
Capítulo Dosmilésimo cuadringentésimo nonagésimo cuarto: “Sólo el médico y el dramaturgo gozan del raro privilegio de cobrar las desazones que nos dan.” (Santiago Ramón y Cajal, 1852 - 1934; médico español).

El supositorio está desapareciendo. Es un hecho. Antes, los supositorios eran, aunque suene a greguería, los bombones del ano, unos bombones que las madres depositaban con todo su cariño en un acto de amor supremo y de confianza mutua de los que sólo una madre es capaz de realizar. Ahora, ni las madres ni los hijos están dispuestos a tal derroche de intimidad, a tal dispendio de confianza.

Antes eran los reyes de las farmacias, su variedad era tan copiosa como la imaginación de los políticos a la hora de justificar gastos para cuadrar sus dietas. Ahora está en decadencia. Hasta los señores que hacen el diccionario pontifican sobre el supositorio mezclando lo que todos sabemos que es: una cala para facilitar la evacuación del vientre y que uno mismo -o en compañía de otros- se introduce con la ayuda del dedo que a uno le dé más rabia. Desvirtúan su esencia. Ya nada es lo que era. Aunque, de lo que no hay duda es que un supositorio es un supositorio. Escuetamente, eso. Tal y como suena. Y a disfrutarlo, que para eso es viernes.