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2613. Miércoles, 4 marzo, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo decimotercero: “Abrázate a mi locura que vamos a volar”.

Aunque la historia tiene sus dudas, parece claro que fue una simple frase la causante de uno de los mayores empujones evolutivos experimentados por el hombre. Todo empezó cuando los monos se dieron cuenta que, además de rascarse el culo, quitarse los piojos unos a otros, y meneársela como un idem, tenían la habilidad para utilizar herramientas.

Y fue de la manera más tonta cuando, usando palos y piedras, intentaban cazar, algo que, ilusos ellos, hacía que el resto de los animales se partiera el culo de risa al ver a cuatro monos tirándoles piedras y corriendo detrás armados con palos. Al final los pobres monos se tenían que conformar comiendo hojas, algo que no les acababa de convencer porque, reconozcámoslo, por muy vegetariano que sea un mono, de vez en cuando un buen filete... apetece.

Y fue en este punto, en este preciso instante de la historia de la humanidad, cuando uno de los monos, harto de tanto verde, retó a otro a conseguir comida (de la de verdad), y listo él, lo hizo de la única manera posible que se hace para conseguir un fin mayor, diciéndole: ¿a qué no hay huevos? Y claro, ante semejante desafío el mono se puso a pensar, afiló las piedras, las ató a los palos y acabó construyendo una lanza.

Y así, gracias a una sencilla y certera frase (aún en vigor), un gran salto evolutivo había comenzado.