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2635. Martes, 14 abril, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo trigésimo quinto: "Memoria selectiva para lo bueno, prudencia lógica para no arruinar el presente y optimismo desafiante para encarar el futuro". (Isabel Allende, 1962–1987; escritora peruana).

Dicen que las nuevas tecnologías han acabado con algo tan tradicional como mandar cartas por correo. Algo habrán influido, no digo yo que no, pero el verdadero motivo de su desaparición, digan lo que digan, es otro.

Como muchos ya no saben ni de qué estoy hablando, resumo. Antes, para mandar una carta por correo tenías que comprar un sobre, metías dentro el papel con lo que hubieras escrito, cerrabas el sobre y tenías que lamer, para que se pegase, un pequeño recuadrito de papel que comprabas por un determinado importe y que servía para enviar la carta en plan prepago: el sello. Y sí, digo lamer, primero el sello y después el borde del sobre.

Y es justo aquí donde ha radicado el problema. Por alguna inexplicable razón los fabricantes, tan cachondos ellos, le pusieron el sabor más desagradable que uno pudiera imaginarse. Que ya hay que ser cabrón, porque si la tecnología hace tiempo que permitía fabricar bragas de aromas a canela y coco, o condones de sabores tropicales, estaba claro que el gusto de los sellos era solo por putear.