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2637. Jueves, 16 abril, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo trigésimo séptimo: "La amistad puede ascender a amor, y a menudo lo hace, pero el amor nunca desciende a amistad”. (Lord Byron, 1788 - 1824; poeta inglés).

Siempre me ha gustado jugar a eso de unir puntos hasta que salía una figura que normalmente se parecía una mierda a lo que se suponía que era. Pues parece que no era el único al que le gustaba. En la época de los griegos, los romanos (o incluso antes, ¡vete tú a saber!) como no se había inventado casi nada eléctrico, la peña se aburría un poco y había gente que se aburría tanto, tanto, que se ponían a mirar al cielo imaginándose cosas mientras unía puntitos luminosos (decían que eran estrellas) entre sí. Y a esta ocurrencia, que llamaron constelaciones, van y le ponen nombres según (dicen) la figura que resultaba, que, como en lo de unir puntos, hay que echarle imaginación y ganas para verla.

Y como esta gente que mira al cielo siempre ha sido muy imaginativa y original, resultó que un notas mira un día al cielo, ve siete puntos puestos de cualquier manera y sin pensárselo dos veces dice “mira tío, si parece un oso grande”, y en un arrebato de perspicacia lo llamó osa mayor; que también hay quien lo llama el carro, o la hélice, aunque yo lo miro y me recuerda a un cucharón grande de repartir la sopa.

Y seguro que el mismo iluminado, en otro alarde creativo sin precedentes vio más puntos en el cielo al lado de los anteriores y, saltando de alegría, dijo: “mira, mira tío.. esto también parece un oso, pero más pequeño” y lo llamó osa menor.

Esos eran genios de verdad y no los de ahora.