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2640. Martes, 21 abril, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo cuadragésimo: "No se trata de extrañar a alguien de noche cuando estás solo. Se trata de extrañar a alguien de día cuando estés rodeado de gente". (Friedrich Schiller, 1759 - 1805; poeta alemán).

La esencia de los motes que nos ponían -y poníamos- cuando íbamos a escuela (colegio para los finos) consistía en buscar el más mínimo defecto físico y magnificarlo hasta la crueldad. Todos teníamos uno y todos participábamos del de los demás. Incluso algunos, siempre que fueran en clases distintas para no liarse, se repetían. Era algo normal. En mi grupo de amigos estaban el orejón, el pinocho, el largo o el moro, y no por racismo que el tío era de aquí, (además ni sabíamos que era eso), simplemente tenía la piel más morena y con eso bastaba. Para qué más. El caso es que cuando nos llamábamos entre nosotros aquello parecía una película de cárceles americanas.

Y si no acababas de destacar por tus orejas, tus narices o tu gordura tampoco te escapabas, que siempre quedaba el recurso de la familia, para eso estaba el petrolero, su padre trabajaba en una gasolinera; o el hijo del mancebo de la farmacia del barrio: el aspirino.

Teniendo en cuenta que los niños de entonces, con una original crueldad que ya venía de serie para ridiculizar al vecino, somos los adultos de ahora, tampoco es de extrañar que el mundo esté como está.