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2642. Jueves, 23 abril, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo cuadragésimo segundo: “No hay mayor fuente de error que la búsqueda de una verdad absoluta" (Samuel Butler, 1835 - 1902; filólogo inglés).

Verano, buen tiempo, vacaciones, alegría, cachondeo, una época casi feliz si no fuera por unos pequeños seres, muy molestos, que dan mucha rabia, que solo existen para jodernos la existencia y que no hacen más que chuparnos la sangre. Y no, no estoy hablando de políticos o banqueros, aunque también valdría, sino de los mosquitos.

Es de las pocas cosas buenas que tiene el invierno: que no tiene mosquitos. ¿Y por qué? A mí en la escuela me decían que era porque, al ser animales de sangre fría, con el frío se morían (algo ya de por sí raro, raro, ¿a ver qué mente pervertida anda mirándole la temperatura de la sangre a un mosquito?); además, si ya tienen la sangre fría se acomodarían mejor… digo yo. A lo que iba, para mí que en invierno no hay mosquitos porque con la cantidad de ropa que llevamos esos meses su picadura no puede llegar hasta la piel y se mueren de hambre. Bien mirado sería solución para evitar picaduras en verano: te acuestas a dormir con algún chaquetón termolactil (muy baratos en los chinos) y apañado. Que igual mueres asfixiado, sí, pero dejarás un cadáver sin picaduras que siempre es mucho más estético. ¡Dónde va a parar!