. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

2644. Lunes, 27 abril, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo sexcentésimo cuadragésimo cuarto: “¿Y si el corazón no fuera más que el aumentativo de la palabra coraza...?”.

Lluvia, agua que cae del cielo y que cuando empieza a hacerlo todos comenzamos a caminar como agachados y dando pasos pequeñitos, pensando que así nos mojaremos menos aunque lo único que pasa es que parecemos gilipollas e inevitablemente, nos seguimos mojando. Para tan molesta situación se inventó el paraguas, aparato que sirve para muchas cosas, es verdad, pero para no mojarse precisamente, no.

Si tienes paraguas de un tamaño estándar se te van a mojar, mínimo, los hombros, luego el agua va calando y sin saber ni cómo ni por qué acabas empapado. Pero es que si el paraguas es tamaño kingsizexxl, de esos en que debajo caben tantas personas como en un monovolumen, tampoco te salvarás de mojarte ya que el paraguas en cuestión siempre acaba en una especie de puntita de madera o de metal y que al llover se forma un especie de riachuelillo de agua que -por razones físicas de la gravedad que desconozco (o por su propio peso, mismamente)- caen para hacia adentro, pero no en línea recta perpendicular al suelo, no, sino que van atraídas hacia a ti, de tal manera que siempre acabas empapado.

Otra cosa a la que habría que cambiarle el nombre. Porque parar el agua, lo que se dice parar el agua, poco.