. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-   


  

2723. Viernes, 11 septiembre, 2015

 
Capítulo Dosmilésimo septingentésimo vigésimo tercero: “Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando caemos”. (Napoleón Bonaparte, 1769 - 1821; gobernante francés).

Aunque me gusta hacerlo, lo tengo que reconocer: dormir desnudo es incómodo. Y no voy a hablar -por desconocimiento evidente- de si lo haces siendo mujer, aunque me puedo imaginar lo complicado que será manejar las glándulas mamarias mientras buscas una posturita para dormir, sino del género masculino.

Porque dormir desnudo siendo tío, con todo tu artilugio ahí suelto, es incómodo y hasta peligroso. Que en un momento dado se te queda pillado debajo de la pierna, te giras inconscientemente y !zas!, te agarras un tirón que te deja destrozado.

Hay que puntualizar: dado que la naturaleza pocas veces es tan equitativa como quisiéramos, no a todos les puede ocurrir algo así, pero servidor está hablando por él. Y lo que é, é.